Un ojo al Paraí-Zoo: Ni todos iguales, ni todos inocentes
- Redacción

- 5 ago
- 2 Min. de lectura
Actualizado: 6 ago

Un ojo al Paraí-Zoo
La violencia nos corre por las venas. Quienes crecimos con los ojos en la espalda y los oídos alertas al crimen que dominaba las calles, hemos dejado de sorprendernos —de forma inhumana— por lo sanguinario de nuestro ecosistema social. Nos acostumbramos a caminar de la mano del miedo, buscando culpables antes que respuestas.
Pero la violencia no nace sola. Se alimenta de una raíz más profunda: una pobreza mental que idolatra la riqueza material por encima de lo más valioso: la vida y la paz. Nos enseñaron que si no tienes, no vales; peor aún, que si tienes más que otro, vales más. Gran error.
Esa mentalidad, podrida desde su origen, ha hecho que la corrupción y la delincuencia se perciban como atajos aceptables hacia una vida “mejor”. Y mientras tanto, como sociedad, hemos metido en el mismo costal a políticos, funcionarios y criminales. “Todos son iguales”, se repite como un mantra.
Sinceramente, no comparto esa idea. No todos son iguales. No todos están involucrados. Pero negar que existe un cáncer dentro del sistema sería ingenuo. Desde abajo hasta arriba, hay síntomas del mismo virus: prepotencia, impunidad, ambición desfigurada.
Los últimos días —como en muchas partes de nuestra historia— lo han evidenciado. Circulan videos donde algunos funcionarios desprecian al pueblo, se sienten por encima de la ley y del sentido común. Gente que, en vez de servir, se sirve del poder, por muy pequeño que sea. Esa actitud debería bastar para alejarlos del cargo. Si no saben respetar ni representar, que trabajen en un sitio donde su patrón no seamos los ciudadanos.
Y es ahí donde conectan todos los males: la violencia, la corrupción, la soberbia del poder. No son eventos aislados, son consecuencias de una misma lógica perversa: la de creer que el que tiene el poder (o el dinero, o el cargo) está por encima del resto.
Como medio de comunicación, cada día narramos lo que sucede. Y cada día recibimos comentarios del tipo: “Disfruten lo votado”. Pero excusar todo en un culpable eterno no va a cambiar nada. En este caso, hablarle al viento no basta.
Yo lo he dicho y lo repetiré: soy apartidista. Pero sí espero que el estado se pinte del color que quiera... menos del rojo de la sangre.
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